Quiebras, crac y pánico: ¿quién será el próximo?

Sin permiso
Michael R. Krätke
24/03/08

A comienzos de semana se hizo subitáneamente claro para Wall Street, como para el grueso de los norteamericanos, que se hallaban definitivamente en el epicentro de una crisis financiera global que iba a superar todo lo visto hasta ahora. Bear Sterns, el quinto banco inversor estadounidense, se fue al garete en unos pocos días, y sólo fue salvado de la quiebra porque JP Morgan Chase se hizo con él a precio de saldo. Le salió al comprador por 236 millones de dólares, dos dólares por acción. ¿Cómo pudo un player como Bear Sterns, valorado hace todavía un año en 20 mil millones de dólares, derrumbarse en cuestión de días? Muy sencillo: el banco estaba hasta el cuello de créditos hipotecarios que no podía seguir refinanciando, y tuvo que reconocer en el balance de 2007 pérdidas de 1,9 mil millones de dólares. Su valor en bolsa se desplomó, las carreras para sacar los depósitos empezaron; los clientes reclamaban sus dineros.

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Como siempre en esos casos, el banco central norteamericano –la Fed— intervino para evitar la quiebra y un pánico que habría podido arrastrar a otros bancos. El trato con JP Morgan llegó a cerrarse, porque la Fed aportó ¡30 mil millones de dólares! Bien puede decirse, pues, que Washington salvó a Wall Street. Las bolsas reaccionaron decepcionadas por doquier: una vez más, miles de millones de valores bursátiles ficticios quedaban en nada. El golpe más rudo lo recibieron bancos europeos como la suiza UBS, el mayor administrador patrimonial del mundo, cuya situación desesperada en el lodazal hipotecario es harto conocida.

Se puede apostar a que en las próximas semanas seguirán ulteriores quiebras o quasi-quiebras de grandes bancos, en EEUU y en otras partes. Los mercados financieros se columpian sobre el abismo, aun cuando han logrado la intervención, en calidad de prestamistas de urgencia y último recurso, de gobiernos y bancos centrales: ya por separado, ya de concierto en el marco del grupo de los 10 bancos centrales de los países más industrializados del mundo, de manera que, entretanto, y sin pausas, se han ido inyectando enormes sumas de dinero a dosis cada vez más elevadas en el mercado monetario, al tiempo que la Fed rebajaba drásticamente sus tipos (dos veces en sólo una semana).

Pero todas esas importantes actuaciones financieras estatales han transcurrido hasta ahora en vano; en el mejor de los casos, contribuyen a inducir una efímera euforia bursátil. No han logrado por el momento proteger a los mercados financieros de la afilada guadaña que pende sobre ellos.

En la última operación global llevada a cabo poco antes del desplome de Bear Stearns, los bancos centrales llegaron tan lejos, que ofrecieron a las empresas bancarias afectadas títulos estatales de primera clase a término que podían venderse o prestarse en cualquier sitio. El efecto de esa pesada transacción de más de 200 mil millones de dólares, en la que participaron también el Banco Central Europeo, el Banco Nacional Suizo y el Banco de Inglaterra, quedó en nada. Ahora apenas hay opciones de dominar la crisis. Hasta el momento se ha procedido conforme a recetas ortodoxas pero estériles; como si la crisis lo fuera de liquidez y de lo que se tratara es de inundar los mercados monetarios con créditos de los bancos centrales para ver la luz al final del túnel. Una inferencia falaz: el mundo financiero sólo ha evitado hasta ahora el colapso final, porque los concernidos se esconden unos a otros el verdadero alcance de sus pérdidas. La contabilidad creativa consigue por el momento prevenir el gran crac. Sólo si los bancos centrales se resolvieran a comprarles a los bancos y a los fondos de inversión sus créditos fallidos podría contenerse la sangría a la larga. Pero a un paso así, que montaría tanto como socializar las pérdidas de los especuladores, no puede avilantarse ni siquiera un banco central de las dimensiones de la Fed.

Ello es que el Congreso norteamericano ha aprobado un programa de coyuntura en toda regla para 120 millones de hogares gravemente endeudados. El presidente de la Fed, Ben Bernanke, quiere una moratoria, es decir: un aplazamiento parcial de la devolución de la deuda hipotecaria por parte de los propietarios de vivienda. Pero incluso el FMI ha admitido públicamente que la política monetaria tradicional de inyecciones crediticias y manipulaciones de tipos no da más de sí; que se precisa de otro apoyo fiscal. En efecto, lo que naufragó por culpa de la miopía de los bancos del Norte cuando la crisis de la deuda del Tercer Mundo, podría resultar ahora inevitable: una moratoria, primordialmente para la deuda hipotecaria, en un frente amplio y en muchos países. Es sólo cuestión de tiempo el que la crisis financiera se abata sobre la llamada economía real. Llegados a ese punto, la apelación a “un nuevo New Deal“ ya no podrá ser desoída.

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