Cinco maneras de pensar sobre Irán bajo presión: El tablero de ajedrez iraní

Pepe Escobar
Tom Dispatch
Traducido para Rebelión por Germán Leyens
06/05/08

Es como solía ser en el Golfo Pérsico. Desde esta semana, una segunda fuerza de tareas de batalla de portaaviones ha sido enviada – poco después de que el Jefe del Estado Mayor Conjunto, almirante Michael Mullen destacara la planificación para “potenciales cursos de acción militar” contra Irán; precisamente cuando el catequismo de acusaciones del gobierno de Bush contra los iraníes en Iraq llega a algo como un nivel febril; en un momento en el que vuelan por ahí rumores de, filtraciones sobre, y desmentidos de, que el Pentágono planifica nuevas formas de atacar Irán, (“Los objetivos incluirían todo, desde las plantas en las que se producen las armas a los cuarteles de la organización conocida como la Fuerza Quds que dirige operaciones en Iraq...”); y sólo días antes de que se espera que los militares de EE.UU. en Iraq realicen su más reciente circo propagandístico mediático sobre el apoyo iraní para las milicias chiíes en Iraq (“... incluyendo fechas, grabadas en alijos de armas recientemente encontrados, que muestran que armas iraníes hechas hace poco fluyen a Iraq en cantidades que aumentan continuamente...”). Al despachar ese segundo portaaviones, el Secretario de Defensa Robert Gates hizo el siguiente comentario: “No lo considero una escalada. Pienso que podría ser visto, sin embargo, como un recordatorio.

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Y. cuando uno piensa realmente en el asunto, es indudablemente un cierto “recordatorio.” Después de todo, el nombre de ese segundo portaaviones, tiene una cierta resonancia. Es el USS Abraham Lincoln, el mismo portaaviones en el que, el 1º de mayo, hace exactamente cinco años, el presidente George W. Bush aterrizó en ese jet naval S-3B Viking, en lo que los de la televisión llaman la “luz de la hora mágica,” para pavonearse hacia un podio como si estuviera actuando en “Top Gun”. Ahí, frente a una pancarta hecha en la Casa Blanca, ornamentada con la frase “Misión Cumplida,” declaró que “han terminado las mayores operaciones de combate en Iraq.”

Ahora, más de cinco años después de la caída de Bagdad, con Sadam Husein ejecutado hace tiempo, con Osama bin Laden vivito y coleando, y soldados estadounidenses combatiendo y muriendo en el vasto suburbio pobre chií de Sadr City en Bagdad, vuelve a intensificarse el peligroso juego de a ver quién se rinde primero del gobierno con Irán en el Golfo Pérsico y en otros sitios. Es un momento peligroso. Cuando se inflan las acusaciones y se envían los portaaviones, todo es posible.

Leemos regularmente sobre todo esto, por cierto, pero casi nunca es visto a través de otra cosa que los ojos del gobierno del gobierno o de los medios de información estadounidenses (y a veces es difícil diferenciar entre los dos). El autor de “Globalistán” y también de “Red Zone Blues,” Pepe Escobar, un súper-periodista que va de un continente a otro para la siempre fascinante Asia Times y ahora también para The Real News, ha realizado un trabajo impresionante al cubrir la Guerra de Iraq, las varias guerras del petróleo y las luchas por los conductos en Oriente Próximo y Asia Central, y ha visitado Irán regularmente en estos últimos años. Hoy, en su primera presentación en Tomdispatch, ofrece algo que ciertamente es raro, una evaluación de Irán “bajo presión” – sin el filtro estadounidense. Tom

El tablero de ajedrez iraní

Cinco maneras de pensar sobre Irán bajo presión


Autor: Pepe Escobar


Hace más de dos años, Seymour Hersh reveló en New Yorker como George W. Bush estaba considerando ataques nucleares estratégicos contra Irán. Desde entonces, ha habido una implacable campaña para satanizar a ese país al estilo de “Terminator,” aplicando las mismas técnicas y contorsiones semánticas que fueron tan familiares en el período antes de que el gobierno de Bush lanzara su invasión de Iraq.

Los éxitos más grandes de la campaña son ampliamente conocidos: “Los ayatolás están construyendo una bomba nuclear chií; armas iraquíes matan a soldados estadounidenses en Iraq; cañoneras iraníes provocan a barcos de guerra de EE.UU. en el Golfo Pérsico – Irán, en breve, es la nueva al Qaeda, un Estado terrorista que apunta al corazón de EE.UU. Es inútil esperar que los medios dominantes estadounidenses ofrezcan algún instrumento que pueda ayudar a poner en el debido contexto esta guerra relámpago orquestada.

A continuación menciono sólo unos pocos ejemplos recientes de la actual campaña: El Secretario de Defensa Robert Gates insiste en que Irán “está empeñado en adquirir armas nucleares.” El almirante Michael Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto, admite que el Pentágono planifica “potenciales cursos de acción militar” cuando se trata de Irán. En tándem con el comandante de EE.UU. en Iraq, general David Petraeus, Mullen denuncia la “influencia cada vez más letal y maligna” de Irán en Iraq, aunque afirma que no alberga “expectativas” de un ataque contra Irán “en el futuro inmediato” e incluso admite que no tiene “una prueba concreta que pueda probar que la máxima dirigencia [de Irán] esté involucrada.”

Pero hay que recordar una cosa: la Gran Eliminación de Sadam de 2003 probó que una “prueba concreta” es, a fin de cuentas, irrelevante. Y esta semana, EE.UU. lleva, en un acto ominoso, un segundo portaaviones al Golfo Pérsico.

¿Pero qué pasa con el propio Irán bajo esa tormenta de acusaciones y amenazas? ¿Cómo verlo? ¿Cómo se ve el mundo desde Teherán? Lo que sigue son cinco maneras de pensar sobre Irán bajo presión y cómo descifrar mejor el tablero de ajedrez iraní.

1. No hay que subestimar el poder del Islam chií: Un setenta y cinco por ciento de las reservas de petróleo del mundo están en el Golfo Pérsico. Un setenta por ciento de la población del Golfo es chií. El chiísmo es una religión escatológica – y revolucionaria – alimentada por una mezcla apasionada de romanticismo y desesperación cósmica. Por mucho que pueda todavía inspirar miedo en el Islam suní hegemónico, algunos occidentales debieran sentir una cierta empatía por la náusea casi sartreana del chiísmo intelectual hacia el vacuo mundo material.

Durante más de mil año el Islam chií ha, de hecho, sido una galaxia de chiísmos – una especie de Cuarto Mundo propio, siempre maldito por la exclusión política y una marginación económica implacable, portando siempre consigo una visión inmensamente dramática de la historia.

Es imposible comprender a Irán sin captar la contradicción que la dirigencia religiosa iraní enfrenta al gobernar, por difícil que sea, un Estado nación. En las mentes de los líderes religiosos de Irán, el concepto mismo del Estado nación es considerado con profunda sospecha, porque quita mérito a la umma, la comunidad musulmana global. El Estado nación, tal como lo ven, es un paso intermedio en el camino al triunfo final del chiísimo y del Islam puro. Para ir más allá de la actual etapa de la historia, sin embargo, también reconocen la necesidad de reforzar el Estado nación que ofrece un refugio al chiísmo – y sucede que ese, por cierto, es Irán. Cuando el chiísmo termine por triunfar, el concepto de Estado nación – una herencia, en todo caso, de Occidente – desaparecerá, para ser reemplazado por una comunidad organizada según la voluntad del Profeta Muhammad.

En el contexto correcto, es, creedme, un poderoso mensaje. Me convertí brevemente en un mashti – un peregrino que visita una puerta privilegiada chií al Paraíso, el santuario sagrado del Imán Reza en Mashhad, a cuatro horas al oeste de la frontera entre Irán y Afganistán. Al anochecer, como único extranjero perdido en la piadora multitud de chadores y turbantes blancos que ocupaban cada centímetro cuadrado del santuario con sus inmensos muros, sentí un tremendo sobresalto emocional. Y ni siquiera era un creyente, sólo un simple infiel.

2. Geografía es destino: Cada vez que voy a la ciudad santa de Qom, al borde de los desiertos centrales en Irán, siempre recuerdo, de manera muy clara, que en lo que tiene que ver con los principales ayatolás, su suprema misión es convertir al resto del Islam a la pureza original y al poder revolucionario del chiísmo – una religión invariablemente crítica del orden social y político establecido.

Incluso un líder chií en Teherán, sin embargo, no puede vivir simplemente predicando y por la conversión. Sucede que Irán, después de todo, es un Estado nación en la intersección crucial de los mundos árabe, turco, ruso, e indio. Es el punto clave para el tránsito de Oriente Próximo, el Golfo Pérsico, Asia Central, el Cáucaso, y el subcontinente indio. Se encuentra entre tres mares (el Caspio, el Golfo Pérsico, y el mar de Omán). Cercano a Europa, pero a las puertas de Asia (de hecho forma parte del Sudoeste Asiático), Irán es el cruce de caminos eurasiático fundamental. Isfahán, la tercera ciudad del país por su tamaño, está casi equidistante de París y Shangai. No es sorprendente por lo tanto que a Dick Cheney, al ponerle el ojo a Irán, “se le hace agua la boca como a un perro de Pavlov” (para citar a esos geopolíticos del rock, los Rolling Stones).

Miembros de las clases medias superiores de Irán en el norte de Teherán pueden hilar sueños de que Irán recapture el ámbito expansivo de influencia que otrora tenía el imperio persa; pero los sedosos diplomáticos similares a una alfombra de Qom en el Ministerio de Asuntos Exteriores aseguran que en realidad sueñan con un Irán respetado por ser una importante potencia regional. Para este fin, tienen pocas alternativas, ante la enemistad de la “única superpotencia” del globo, fuera de emplear una política exterior sofisticada de contra-cerco. Después de todo, Irán está ahora totalmente rodeada por bases militares estadounidenses posteriores al 11-S en Afganistán, Asia Central, Iraq y en los Estados del Golfo. Enfrenta a los militares de EE.UU. en sus fronteras afganas, iraquíes, paquistaníes y del Golfo Pérsico, y vive con sanciones económicas cada vez más duras de EE.UU., así como con un tamborileo continuo de amenazas del gobierno de Bush, que involucran posibles ataques aéreos contra instalaciones nucleares iraníes (y probablemente otras).

La reacción iraní ante las sanciones y su satanización como Estado canalla o paria ha sido el desarrollo de una política exterior de “Mira al Este” que es, en sí, un desafío a la hegemonía energética estadounidense en el Golfo. Esa política ha sido conducida con gran habilidad por el Ministro de Exteriores, Manouchehr Mottaki, educado en Bangalore, India. Aunque se concentra en masivos acuerdos energéticos con China, India, y Pakistán, también se interesa por África y Latinoamérica. Para horror de los neoconservadores estadounidenses, ya existe un vínculo aéreo intercontinental del “eje del mal” – un vuelo comercial semanal Teherán-Caracas vía Iran Air.

El alcance diplomático (y energético) de Irán es sorprendente en la actualidad. Cuando estuve en Bolivia a principio de este año, supe de un viaje que el embajador de Irán en Venezuela había emprendido en el jet del presidente boliviano, Evo Morales. Según las informaciones, el embajador ofreció a Morales “todo lo que quiera” para contrarrestar la influencia del “imperialismo estadounidense.”

Mientras tanto, una feroz competencia por la energía se desarrolla entre turcos, iraníes, rusos, chinos, y estadounidenses – que apuestan todos a cuales rutas comerciales futuras serán cruciales para el flujo de petróleo y gas natural desde Asia Central. Como participante, Irán trata de posicionarse como el Estado-bazar inevitable en una Nueva Ruta de la Seda de petróleo y gas – la espina dorsal de una nueva Red Asiática de Seguridad de la Energía. Así podría recuperar parte de la preeminencia de la que gozaba en la era distante de Darío, el Rey de los Reyes. Y ése es el motivo principal por el que los neo-guerreros de la Guerra Fría, los sion-conservadores, los imperialistas de poltrona, o todos ellos, sufren una semejante convulsión colectiva – y amenazante.

3. ¿Qué se propone el “nuevo Hitler” nuclear Ahmadineyad?: Desde los días mismos en los que el ex presidente iraní Muhammad Jatami sugirió un “diálogo de civilizaciones,” los diplomáticos iraníes han repetido incansablemente la posición oficial sobre el programa nuclear de Irán. Es pacífico; la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) no ha hallado prueba alguna de desarrollo militar de energía nuclear; la dirigencia religiosa se opone a las armas atómicas; e Irán – a diferencia de EE.UU. – no ha invadido o atacado a ninguna nación durante el último cuarto de milenio.

Pensad en George W. Bush y el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad como los nuevos Blues Brothers: Los dos creen que tienen una misión divina. Los dos son fundamentalistas religiosos. Ahmadineyad cree fervientemente en el inminente retorno del Mahdi, el Mesías chií, quien “desapareció” y ha permanecido oculto desde el Siglo IX. Bush cree fervientemente en la llegada del fin de los tiempos y el retorno de Jesucristo. Pero solo Bush, a pesar de sus verdaderas invasiones y constantes amenazas, recibe (una especie de) pase libre de la maquinaria ideológica occidental, mientras que Ahmadineyad es presentado como un creyente hitleriano en un nuevo Holocausto.

A Ahmadineyad lo muestran incesantemente como un islamo-fascista colérico, totalmente irracional, que odia a los judíos, que niega el Holocausto, que quiere “borrar a Israel del mapa.” Esa infame cita, repetida ad nauseam pero fuera de contexto, proviene de un discurso de octubre de 2005 en una oscura conferencia estudiantil antisionista. Lo que dijo realmente Ahmadineyad, en una traducción literal del farsi, fue que “el régimen que ocupa Jerusalén debe desaparecer de las páginas del tiempo.” En realidad citaba al líder de la Revolución Islámica de 1979, Ayatolá Jomeini, quien lo dijo primero a inicios de los años ochenta. Jomeini esperaba que un régimen tan injusto hacia los palestinos fuera reemplazado por otro más equitativo. Sin embargo, no amenazaba con atacar Israel con armas atómicas.

En los años ochenta, en los años más amargos de la guerra Irán-Iraq, Jomeini también dejó muy claro que la producción, posesión, o uso de armas atómicas, va contra el Islam. El Supremo Líder de Irán, Ayatolá Alí Jamenei posteriormente expidió una fatua – un precepto religioso – en los mismos términos. Para el régimen teocrático, sin embargo, el programa nuclear iraní es un símbolo poderoso de independencia frente a lo que sigue siendo ampliamente considerado por iraníes de todas las clases sociales y antecedentes educacionales como colonialismo anglosajón.

Ahmadineyad está entusiasmado por el programa nuclear iraní. Es su pan de cada día en términos de popularidad interior. Durante la Guerra Irán-Irak, fue miembro de un equipo de apoyo que ayudaba a las fuerzas kurdas contrarias a Sadam Husein. (Es cuando se hizo amigo del “Tío” Jalal Talabani, el actual presidente kurdo de Iraq.) No hay muchos presidentes que hayan sido entrenados en la guerra de guerrillas. En Teherán crece la especulación de que Ahmadineyad, la dirigencia de la Fuerza Quds, una división de elite del Cuerpo de los Guardias Revolucionarios Islámicos (IRGC), más el grupo incondicional de la milicia de voluntarios, los basij (conocidos informalmente en Irán como “el ejército de veinte millones”), apuestan a un ataque estadounidense contra las instalaciones nucleares de Irán para fortalecer el régimen teocrático del país y su facción.

Los reformistas se refieren a la visita del presidente ruso Vladimir Putin a Teherán en octubre pasado, cuando fue recibido por el Líder Supremo (un honor muy excepcional). Putin ofreció un nuevo plan para resolver el explosivo expediente nuclear iraní. Irán detendría el enriquecimiento nuclear en suelo iraní a cambio de cooperación y desarrollo nucleares pacíficos junto con Rusia, los europeos, y la IAEA.

El máximo negociador de Irán en aquel entonces, Ali Larijani, confidente del Supremo Líder Jamenei, así como el propio Líder hicieron saber que la idea sería considerada seriamente. Pero Ahmadineyad contradijo de inmediato en público al Líder Supremo. Aún más sorprendente fue que entonces despidiera a Larijani y lo reemplazara con un antiguo amigo, Saeed Jalili, de la línea ideológica dura, aparentemente con el asentimiento del Líder Supremo.

4. Una revolución de terciopelo no está a la vuelta de la esquina. Antes de las elecciones iraníes de 2005, en una reunión secreta a alto nivel de los ayatolás gobernantes en su casa, el Supremo Líder concluyó que Ahmadineyad podría reanimar el régimen con su retórica populista y su conservadurismo piadoso, que entonces parecían ser muy atractivos para las masas oprimidas. (Curiosamente, la consigna de Ahmadineyad en la campaña fue: “Podemos.”)

Pero los ayatolás gobernantes se equivocaron. Ya que controlaban todos los instrumentos cruciales del poder – el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el Consejo de Guardianes, el poder judicial, los bonyads (fundaciones islámicas que controlan vastos sectores de la economía), el ejército, el IRGC (el ejército paralelo creado por Jomeini en 1979 que fue recientemente calificado de organización terrorista por el gobierno de Bush), y los medios de información – supusieron que también controlarían al que se describe a sí mismo como “limpiador de calles del pueblo.” ¡Cómo se han equivocado!

Para el propio Jamenei, esto fue importante. Después de 18 años de interminable lucha intestina, finalmente estaba en pleno control del poder ejecutivo, así como del legislativo, el judicial, los Guardias Revolucionarios, los basij, y los ayatolás más importantes en Qom.

Ahmadineyad, por su parte, desencadenó su propia agenda. Purgó el Ministerio de Asuntos Exteriores de numerosos diplomáticos de posición reformista; alentó al Ministerio del Interior y al Ministerio de Cultura y Guía Islámica para que tomaran medidas enérgicas contra todas las formas de “nefastas” influencias occidentales, desde los productos de la industria del entretenimiento hasta coloridas pañoletas para mujeres hechas en India; y llenó su gabinete con amigos revolucionarios de los días de la Guerra Irán-Iraq. Esos amigos resultaron ser tan fieles como incompetentes en lo administrativo – especialmente en términos de economía política. En lugar de solidificar la dirigencia teocrática bajo el Supremo Líder Jamenei, Ahmadineyad fracturó una elite gobernante cada vez más impopular.

A pesar de ello, el descontento con la incompetencia económica de Ahmadineyad no ha resultado en barricadas callejeras y probablemente no lo hará; tampoco provocaría un levantamiento popular, contrariamente a guiones de fantasía de los neoconservadores, un ataque contra las instalaciones nucleares de Irán. Todas y cada una de las facciones políticas apoyan, por orgullo patriótico, el programa nuclear.

Es seguro que en esto existe una manifiesta paradoja. El régimen podrá ser extremadamente impopular – por tanta autoridad impuesta en un país rico en energía y la virtual ausencia de movilidad social – pero para millones, especialmente en el campo y en las provincias remotas, la vida sigue siendo soportable. En los grandes centros urbanos – Teherán, Isfahán, Shiraz, y Tabriz – la mayoría estaría a favor de moverse hacia una economía más orientada por el mercado, combinada con una liberalización progresiva de las costumbres (incluso si el régimen insiste en ir en la dirección contraria). Sin embargo, no parece que se vea en el horizonte una revolución de terciopelo.

Hay por lo menos cuatro facciones principales en juego en el intricado juego miniatura de la actual política del poder iraní – y otras dos, la izquierda revolucionaria y la derecha laica, no debieran ser olvidadas aunque están completamente marginadas.

La extrema derecha, muy conservadora en lo religioso pero socialista desde el punto de vista económico, se ha alineado estrechamente, desde el comienzo, con la Hermandad Musulmana egipcia. Ahmadineyad es la estrella de esta facción.

Los clérigos, desde el Líder Supremo a miles de personalidades religiosas provinciales, son conservadores puros, aún más patrióticos que la extrema derecha, pero en general no adoran a Ahmadineyad. Pero existe una división interna crucial. Los bonyads, sustancialmente ricos, - las fundaciones islámicas, activas en todos los sectores económicos – difícilmente quieren una reconciliación con Occidente. Saben que, bajo la presión de las sanciones occidentales, la inexorable huida de capital y cerebros trabaja contra el interés nacional.

Economistas en Teherán extrapolan que puede haber hasta 600.000 millones de dólares en fondos iraníes invertidos en las economías de las petro-monarquías del Golfo Pérsico. Los mejores y más brillantes siguen huyendo del país. Pero las fundaciones islámicas también saben que este estado de cosas socava lentamente el poder de

Ahmadineyad.

El extremadamente influyente Cuerpo de Guardias Revolucionarios, componente clave del gobierno con vastos intereses económicos, transita entre estas dos facciones. Privilegia la lucha contra los que define como sionismo, está a favor de relaciones estrechas con los Estados árabes suníes, y quiere ir hasta el final con el programa nuclear. De hecho, secciones sustanciales del IRGC y de los basij creen que Irán debe entrar al club nuclear no sólo para prevenir un ataque del “Satanás Estadounidense,” sino para cambiar irreversiblemente el equilibrio del poder en Oriente Próximo y en el Sudoeste Asiático.

Los actuales reformistas/progresistas de la izquierda, fueron originalmente partidarios del hijo de Jomeini, Ahmad Jomeini. Luego, después de una mutación espectacular de un socialismo al estilo soviético a una especie de democracia religiosa, el ex-presidente Jatami se convirtió en su nuevo icono (famoso por el “diálogo de civilizaciones”) Aquí estaba, después de todo, un presidente islámico que había capturado el voto de la juventud y el voto de las mujeres y había escrito sobre las ideas del filósofo alemán Jurgen Habermas aplicadas a la sociedad civil, así como sobre la posibilidad de democratización en Irán. Por desgracia, su “Primavera de Teherán” no duró mucho – y ahora ya desapareció hace tiempo.

La facción clave de los círculos gobernantes es indudablemente la del moderado Hashemi Rafsanjani, un ex presidente durante dos períodos, actualmente presidente del Consejo de Viabilidad y miembro clave del Consejo de Expertos – 86 clérigos, ninguna mujer, el santo grial del sistema, y la única institución en la República Islámica capaz de remover de su puesto al Supremo Líder. Ahora es apoyado por la clase culta y la juventud urbana. Conocido coloquialmente como “El Tiburón,” Rafsanjani es un maquiavélico consumado. Retiene vínculos privilegiados con actores cruciales en Washington y ha demostrado ser el máximo superviviente – que se mueve como un malabarista experto entre Jatami y Jamenei a medida que el poder en el país cambió de manos.

Rafsanjani es, y será siempre, partidario del Supremo Líder. Como el número dos de facto del régimen, busca no sólo “salvar” la Revolución Islámica, sino también consolidar el poder regional de Irán y reconciliar al país con Occidente. Su razonamiento es claro: Sabe que una tempestad anti-islámica ya fermenta entre jóvenes en las principales ciudades de Irán, que sueñan con integrarse a las elites nómadas de la fluida modernidad global.

Si el gobierno de Bush tuviera algún deseo real de dejar que sus portaaviones salgan del Golfo y de establecer una entente cordiale con Teherán, Rafsanjani sería el hombre con quien hablar.

5. Dirigiéndose hacia la Nueva Ruta de la Seda

Amigos reformistas en Teherán me dicen todo el tiempo que el país está ahora sumergido en una atmósfera similar a la de la Revolución Cultural de los años sesenta en China o la campaña de rectificación de los años ochenta en Cuba – y que nada de “terciopelo” o “naranja” o “tulipán” o ninguno de los otros movimientos con código de colores al estilo occidental con los que Washington podría soñar, aparece, aún, en el horizonte.

Bajo semejantes condiciones, ¿qué pasaría si hubiera un ataque aéreo estadounidense contra Irán? El Supremo Líder presentó, oficialmente, su propia versión de las amenazas en 2006. Si Irán fuera atacado, dijo, las represalias serían doblemente poderosas contra los intereses de EE.UU. en otros sitios del mundo.

Desde las líneas de suministro y las bases estadounidenses en el sur de Iraq al Estrecho de Hormuz, los iraníes, aunque no sean una potencia militar, tienen la capacidad de causar verdaderos daños a las fuerzas e intereses estadounidenses – y ciertamente de llevar el precio del petróleo a la estratosfera. Una “guerra” semejante sería evidentemente un desastre para todos.

La dirigencia teocrática iraní, sin embargo, parece dudar que el gobierno de Bush y los militares de EE.UU., agotados por sus guerras en Iraq y Afganistán, vayan a atacar. Sienten que la marea está de su parte. Mientras tanto la estrategia de “Mirar hacia el Este,” impulsada por los precios en alza de la energía, está dando frutos.

Ahmadineyad acaba de concluir una gira por el Sur de Asia y, para desesperación de los neoconservadores estadounidenses, la Red de Seguridad Energética Asiática se convierte rápidamente en realidad. Hace dos años, en el Ministerio del Petróleo en Teherán, me dijeron que Irán apuesta a la total “interdependencia de la política geo-económica de Asia y el Golfo Pérsico.” Este año, Irán llega a ser por fin un país exportador de gas natural. El marco para el gasoducto de 7.600 millones de dólares Irán-Pakistán-India, también conocido como el gasoducto “de la paz” es un hecho. Estos dos aliados clave de EE.UU. en el Sur de Asia hacen caso omiso de los deseos del gobierno de Bush y fortalecen rápidamente sus conexiones económicas, políticas, culturales y – crucialmente – geoestratégicas con Irán. Inevitablemente, un ataque contra Irán sería ahora visto como un ataque contra Asia.

¡Qué desastre en gestación!, y sin embargo, ahora más que nunca, la facción del vicepresidente Dick Cheney en Washington (para no mencionar al futuro presidente John McCain) parece lista para bombardear. Tal vez el propio Mahdi – en su visión oculta – apuesta a una guerra de EE.UU. contra Asia para deslizarse hacia Qom a fin de renacer.

Pepe Escobar, nacido en Brasil, es corresponsal itinerante de Asia Times y analista de The Real News. Ha sido corresponsal extranjero desde 1985, basado en Londres, Milán, Los Ángeles, París, Singapur y Bangkok. Desde fines de los años noventa, se ha especializado en la cobertura del arco desde Oriente Próximo a Asia Central, incluyendo las guerras en Afganistán e Iraq. Ha hecho frecuentes visitas a Irán y es autor de “Globalistan” y también de “Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge,” ambos publicados por Nimble Books en 2007.

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