"En Gaza, los niños saben distinguir un arma de otra por el sonido"

El Referente
11/05/10

El final de la guerra árabe israelí, en 1948, dejó en la más absoluta miseria a 700.000 palestinos, que pasaron a convertirse en refugiados. Hoy, según datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), son 4,7 millones, distribuidos entre Jordania, el Líbano, Siria y los territorios palestinos ocupados: Gaza y Cisjordania.

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Ahogados por el bloqueo impuesto por Israel hace casi tres años, cuando Hamás ganó las elecciones por mayoría absoluta, 1,4 millones de refugiados viven en la Franja de Gaza entre tanques, disparos y una carencia total de alimentos, medicamentos y productos de primera necesidad. En palabras de Filippo Grandi, Comisionado General de UNRWA, "el bloqueo lo que significa es un deterioro físico y mental de los palestinos dentro de Gaza".

El periodista Marcos Rebollo, que vivió en primera persona los bombardeos de enero de 2009, lo confirma. Habla de "una cárcel al aire libre" y de una "sensación de encierro psicológico".

Vivir en una cárcel al aire libre

Rebollo visitó Israel y Gaza en dos ocasiones: la primera, en el año 2004; la segunda, a finales de 2008. Un viaje este último que iba durar unas semanas y al final se alargó meses. "Iba a ver a unos amigos y empezaron los bombardeos, así que decidí quedarme para hacer reportajes", explica desde el otro lado del teléfono.

Sin entonces saber de qué se trataba, se topó con la operación militar 'Plomo fundido', por la que Israel bombardeó Gaza sistemáticamente durante tres semanas. Los resultados, según UNRWA, fueron 1.414 palestinos muertos, más de 5.000 heridos, 6.000 casas totalmente destruidas y casi 53.000 gravemente dañadas, además de los cientos de miles de personas que se quedaron sin alimentos, agua, servicios de saneamiento y prestaciones sanitarias.

Cuenta Rebollo que durante los bombardeos no pudo acceder a Gaza, pero que después pisó la Franja como colaborador de la ONG Médicos del Mundo. Hace poco más de un año, como ahora, ser trabajador humanitario era la única forma de pasar a la zona 'bloqueada'. "Es muy difícil conseguir visados de trabajo", explica. "Ahora, con la excusa de que no hacen bien su trabajo, a las gentes de las ONG's les están dando visados de turista, que son para unos tres meses; es una nueva estrategia para desgastar a los trabajadores", añade.

La consecuencia es la paralización total en el desarrollo de nuevas infraestructuras para la recuperación de la zona y el fortalecimiento de una economía sumergida que sólo beneficia a unos pocos. Porque, según apunta Rebollo, "todo es mercado negro y entra por los túneles, salvo los camiones de ayuda humanitaria, que consiguen pasar poquísimo respecto a lo que establecen las distintas organizaciones que debe de ser el mínimo".

John Ging, director de Operaciones en Gaza de UNRWA, lo corrobora. "A UNRWA no se le ha permitido construir ninguna escuela en Gaza en los últimos tres años ni tampoco ha habido hasta el momento una propuesta sobre la mesa para llevar a cabo esta construcción", denunciaba hace poco en rueda de prensa.

Y no sólo las escuelas. El agua y todas las infraestructuras destinadas al saneamiento en Gaza se encuentran también en un estado de colapso, "debido a que no hay una economía que lo respalde ni hay ninguna perspectiva para restaurarlas, ya que no existe ningún intercambio comercial dentro o fuera de esta área", alertan desde UNRWA.

Y es que Israel parece no poner las cosas fáciles ni siquiera a los organismos internacionales. Al menos, así lo deja ver el Comisionado General de UNRWA cuando se le pregunta por las relaciones con el país ocupante. Para Filippo Grandi son sólo "constructivas", puesto que el Gobierno israelí respeta el papel de UNRWA como proveedor oficial de la Franja de Gaza.

"Pero es una relación difícil, porque Israel es el país ocupante y nosotros tenemos que servir a la población ocupada, con lo que hay tensión", agrega. Y acto seguido denuncia que Israel sólo permite introducir en la Franja, en estos momentos, medicamentos y comida. "Nada más", apostilla Grandi. "Es imposible para una ciudad que puede ser tan grande como Barcelona sobrevivir sólo con comida y medicamentos, necesita también mucho cemento para su reconstrucción", añade.

Si ser ajeno a estas necesidades, Rebollo atiende a otra cara de la situación en la que está Gaza haciendo referencia a las bombas sónicas. "Es como cuando un avión rompe la barrera del sonido... acojonan", relata. Se queda callado unos segundos y después añade: "Los niños saben distinguir perfectamente un arma de otra por el sonido, y se ponen la oreja en el suelo y saben a cuanta distancia está viniendo un tanque; es bastante alucinante, la verdad, pero eso les ha hecho fuertes", dice.

Respecto a esta intervención de Naciones Unidas en la zona, Rebollo explica que la economía de Gaza está totalmente sostenida por la UNRWA, "que cada vez tiene menos capacidad". Y continúa: "Esta gente vive en casas de la UNRWA y van a escuelas de la UNRWA; aunque puedan entrar pocos materiales de construcción o medicinas por los pasos oficiales, mucha gente vive de ir a por comida a organismos internacionales".

Un paso fronterizo en el que todo se sabe

En la actualidad hay varios pasos que 'comunican' Gaza con el resto del mundo. Accesos que materializan la hipocresía elevada a su máxima potencia, ya que la mayor parte del tiempo permanecen cerrados. En el sur de la Franja, conectando con Egipto, está el puesto de Rafah, controlado por Hamas. Del lado israelí, los pasajes clave son Erez, Karni, Sufa y Kerem Shalom. Los dos primeros son los más concurridos, estando destinado el primero a las personas y el segundo a las mercancías.

Marcos Rebollo entró a Gaza por el norte, desde el sur de Israel, por el paso de Erez. "Es una mega aduana alucinante... Yo diría que diez veces más grande de lo necesario, porque entran y salen a goteos", dice, y lo compara con '1984', de George Orwell. "Tienes que andar por una zona que llaman tierra de nadie hasta el 'check point', controlado por Hamas; es como un kilómetro y vas por una especie de pasadizo rodeado de murallas, en el que cada diez pasos tienes una cámara que registra todos tus movimientos", continúa el periodista. "La salida la tienes restringida y son pocos los que salen... Muchos de los que lo consiguen es porque están dispuestos a traicionar a Hamás", apunta.

Una vez en la Franja ("el mismo muro que hay en Cisjordania lo hay en Gaza"), lo que más le sorprendió a Rebollo fue "el contraste de entrar desde Israel". Señala que "no tanto porque la zona sur de Israel sea muy rica, que tampoco", sino por el paso de un terreno verde a uno cubierto de arena quemada, "llena de agujeros del los bombardeos" y totalmente infértil. Rebollo lo describe como "un territorio pequeño", en el que "la gente está muy harta y asustada".

"Se ha tendido a describir Gaza como un sitio híper pobre, pero se ha hecho pobre porque no pueden importar nada ni producir nada", señala el periodista, que aprovecha para recordar que antes del bloqueo "era una zona mixta y se producía mucho allí".

Sin colonos israelíes la represión es mayor

La conversación continúa y Rebollo hace un paréntesis para recordar el plan de desconexión que se llevó a cabo en 2005, por el que Israel sacó de la Franja a los 8.000 colonos que aún convivían con los palestinos. "El mundo occidental lo celebró como un avance hacia la paz y luego se vio porque lo habían hecho: no habrían podido bombardear un territorio tan pequeño como ese si llegan a tener a 8.000 colonos dentro", recuerda el periodista. "Lo que me llamó la atención es cómo sólo esos colonos ocupaban más o menos el 20 % de la Franja, en comparación con 1,5 millones de palestinos que se distribuían en el territorio restante... Claro, no podían estar ahí", prosigue.

Tras la desconexión se creó la llamada 'Buffer zone', a la que los soldados se refieren como 'No go zone'. "Más o menos ocupa unos dos kilómetros, depende un poco del momento, y lo llaman zona de seguridad para que no puedan tirar qassam, o eso dicen ellos", explica Rebollo, "el problema es que es también zona de campos, con lo cual muchos campesinos no pueden ir a su trabajo", añade.

Rebollo aclara que el protocolo es alertar primero con llamados para que la gente salga de la zona y, después, disparar. Según sus datos, desde el 18 de enero de 2009, cuando finalizan los bombardeos, hasta seis meses después, mataron a tres campesinos e hirieron a 18 más. "Estuve entrevistando a gente que decía que tenía que salir a cultivar sus tierras con un cuidado de la hostia o simplemente ya no iban", dice el periodista.

Ni los malos son tan malos, ni los buenos son tan buenos

En su periplo por Oriente Medio, Marcos Rebollo tuvo oportunidad de conocer también a la sociedad israelí. "Es muy heterogénea, muy fracturada, procede de miles de sitios, y el pegamento que la une es la existencia de un enemigo y la ideología imperante del Estado, que es el sionismo", relata.

No obstante, dice que "ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos", puesto que también los israelíes están cansados de que todo el mundo los vea como los malhechores del conflicto. "Hay mucha gente que está en contra de lo que hace su Gobierno; incluso se hicieron manifestaciones en Tel Aviv cuando yo estuve en contra de la 'guerra'", explica.

Gente que disiente y que, como apunta el periodista, "tiene un cacao mental". Un caos interior provocado por la lucha entre la propaganda que le llega desde el Gobierno ("decía algo así como 'los soldados en primera línea y nosotros en la retaguardia', en plan 'ahora no puede haber distensiones porque estamos en guerra')" y sus propios principios.

Y es que, ciertamente, "es todo muy complicado" concluye Rebollo, que termina su conversación con El Referente con una reflexión: "Y habría que ver la responsabilidad que tienen Europa y EE.UU en todo esto".

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